El presidente Santiago Peña ha decretado un aumento del 5 por ciento en el salario mínimo, lo que eleva su monto a 3.044.000 guaraníes. Este incremento, que representa 144.952 guaraníes, ha generado diversas reacciones entre economistas respecto a sus efectos en la economía y el poder adquisitivo.
Rodrigo Ibarrola, economista del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya, ofrece una perspectiva optimista más allá de las críticas. En su análisis, sostiene que el aumento del salario mínimo no solo beneficia a quienes reciben esa cantidad, sino que también actúa como una referencia para otros trabajadores, quienes podrían recibir ajustes en sus salarios.
Ibarrola señala que, históricamente, los salarios tienden a alinearse con el mínimo establecido. No obstante, reconoce que los efectos de esta medida varían significativamente según el sector y el poder de negociación de cada empleado con su empleador.
El economista también cuestiona la idea de que elevar el salario mínimo necesariamente conduzca a un aumento generalizado de precios. Asegura que esta noción es más una teoría no comprobada que una realidad empírica.
Además, Ibarrola indica que el “salario real” en Paraguay ha estado estancado durante aproximadamente diez años, situación que atribuye al hecho de que la medición del salario mínimo se basa en el Índice de Precios al Consumidor (IPC), el cual no refleja adecuadamente el costo de vida.
Aclaró que, aunque el IPC se mantenga estable, el aumento del consumo y el crédito puede resultar en un mayor desembolso de dinero por parte de las familias, las cuales gastan una proporción significativa de sus ingresos en alimentos—un gasto que, a su juicio, no se refleja en el IPC.
Para Ibarrola, la solución para mejorar el poder adquisitivo de los trabajadores implica elevar los ingresos reales, aunque advierte que este es un problema estructural que trasciende los ajustes del salario mínimo.


