A las 01:20, una camioneta FIAT Strada blanca quedó varada a un costado del kilómetro 43. Las balas habían perforado la carrocería con precisión quirúrgica. En su interior, un hombre, Dilso Raúl Barboza, se debatía entre la vida y la muerte. Cinco impactos, todos en el costado izquierdo. No gritaba. Solo respiraba con dificultad, aferrado al volante como si aún pudiera conducir su destino hacia un lugar seguro.
Los primeros en llegar fueron campesinos que escucharon los tiros desde sus estancias. Lo sacaron de la camioneta ensangrentada y lo llevaron al Hospital Viva Vida, sin hacer preguntas. En el Paraguay rural, a veces el silencio es el único salvoconducto que asegura el regreso a casa.
Capítulo 1: El ausente
Cuando la policía llegó, lo primero que notaron fue la ausencia. Wilson René Arce Cáceres, compañero de Dilso, no estaba. Ningún rastro. Ninguna herida. Ninguna llamada a hospitales. Era como si nunca hubiese estado allí, y sin embargo, testigos decían que lo habían visto juntos horas antes, tomando tereré al costado de la ruta.
Pero la escena tenía más para contar.
A solo 400 metros del lugar del ataque, una Toyota Hilux también blanca, chapas adulteradas, volcó en medio de la cuneta. Dentro: nada. A 30 metros: una pistola calibre 9mm, abandonada como quien deja caer una carta demasiado reveladora en una partida peligrosa. El arma hablaba, pero aún no se sabía a quién acusaba.
Capítulo 2: Ecos del pasado
El agente fiscal Rodrigo Espínola, al llegar a la escena, supo inmediatamente que no se trataba de un ataque al azar. La camioneta Toyota estaba registrada a nombre de un Toyota Premio. El detalle no pasó desapercibido. “Alguien está cubriendo sus huellas”, murmuró mientras ordenaba la recolección de pruebas. Pero lo que más le inquietó fue el apellido de las víctimas: Arce.
Dilso era cuñado de Wilfrido Arce. Y Wilson, su hermano. Wilfrido, el pastor evangélico asesinado dos años atrás en circunstancias aún turbias, había dejado enemigos y secretos sin resolver. Espínola recordaba el caso: demasiado limpio para ser accidental, demasiado sucio para ser profesional.
Capítulo 3: Huellas de humo
El Departamento de Investigaciones rastrilló la zona por días. La pistola no estaba registrada. Los peritos descubrieron huellas parciales, pero sin correspondencias en la base de datos. El vehículo abandonado tenía restos de sangre que no coincidían con Dilso. ¿Había otro herido? ¿Wilson tal vez? ¿O uno de los atacantes?
Lo cierto es que nadie volvió a ver a Wilson. Ni con vida, ni sin ella.
Espínola sabía que este atentado era un eco. Una resonancia de algo que empezó mucho antes. Una cadena que se remonta al crimen del pastor. ¿Acaso alguien juró venganza? ¿O se trataba de un ajuste de cuentas oculto tras el ropaje de una fe que no alcanzó para protegerlos?
Capítulo 4: La ley del silencio
Cerro Corá no hablaba. Nadie escuchó, nadie vio. Las palabras se enredaban en mitos y temores. Pero la verdad empezaba a emerger como un cadáver en el fondo de un lago.
La camioneta FIAT, los impactos certeros, el vehículo volcado, el arma tirada. Todo apuntaba a un plan: seguimiento, ataque coordinado, fuga apresurada. Pero algo salió mal. Un error de cálculo. ¿La víctima respondió? ¿Hubo resistencia? ¿O solo el caos natural de una venganza improvisada?
Dilso Barboza, aún convaleciente, apenas balbuceaba nombres en el hospital. Uno de ellos era familiar para Espínola. Alguien vinculado a las investigaciones del pastor asesinado. Una conexión que, si era cierta, pondría en jaque a más de un nombre “intocable”.
Epílogo: Sombras sin rostro
Los atacantes aún no tienen nombre. La pistola sigue sin dueño. Y la ruta, cada madrugada, guarda silencio. Pero el fiscal sabe que en algún lugar, alguien tiembla. Porque la verdad, aunque llegue tarde, suele llegar armada.



