Con la llegada del novenario de la Virgen de Caacupé el 28 de noviembre y la festividad del 8 de diciembre, el Tupãsy Ykuá resurge como un destino popular entre los fieles que visitan esta capital espiritual.
Cerca de la Basílica Menor de Caacupé, donde el fervor se mezcla con el cansancio, el Tupãsy Ykuá ofrece alivio a los peregrinos que rinden homenaje a la Virgen.
Los devotos se acercan con recipientes para llenar con agua bendita del pozo. Algunos la beben o se mojan la frente antes de avanzar hacia la explanada. Este acto refleja una devoción transmitida por generaciones.
Leonida Santacruz Medina, de Pastoreo, ha visitado Caacupé con su familia durante más de veinte años. “El agua de aquí tiene algo especial”, comenta. Siente un abrazo de la Virgen al lavar su cara, un alivio inexplicable.
Doña Leonida expresa un profundo amor y devoción por la Virgen. Cada oración o gesto llena su corazón de consuelo y esperanza, brindándole paz y agradeciendo su guía y protección.
El Tupãsy Ykuá es el primer alto para muchos peregrinos. Las familias descansan, los niños juegan y los ancianos buscan sombra. El cansancio se integra al ritual y la fe se renueva con cada gota del agua cristalina, considerada por todos una bendición.
Muchos llevan botellas a casa, convencidos de que contienen la presencia de la Virgen.
A medida que se acerca el novenario, Caacupé se prepara para el evento. Los vendedores instalan sus puestos, las autoridades organizan la seguridad y los peregrinos comienzan a llegar.
El novenario empieza el 28 de noviembre, culminando en la fiesta mariana del 8 de diciembre. Durante este tiempo, se celebran misas y ritos que preparan el espíritu para el evento.
Caacupé se transforma con cantos y plegarias. Las familias llegan con imágenes, flores y velas. Algunos peregrinan descalzos o llevan cruces, mostrando su gratitud a la madre de los paraguayos. La nación late al ritmo de la fe, la unión y la esperanza.