España se adentra en el consumo de insectos comestibles a través de nueva publicación científica
Madrid, 27 de abril de 2024.- La ingesta de insectos, práctica común para alrededor de 2.000 millones de personas en África, Asia y Latinoamérica, comienza a abrirse paso en Europa y España gracias a iniciativas divulgativas y avances regulatorios. Un reciente libro publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la editorial Catarata aborda el fenómeno gastronómico de los insectos comestibles desde múltiples perspectivas científicas y culturales.
La obra, titulada Los insectos comestibles en el mundo, está coordinada por Ligia Esperanza Díaz, investigadora del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC) y experta en entomología alimentaria. El libro reúne aportes de entomólogos, nutricionistas, médicos, especialistas en regulación alimentaria y chefs de Colombia y México, quienes ofrecen además una variedad de recetas que integran estos alimentos en dietas cotidianas.
En la Unión Europea, la comercialización de insectos está regulada y autorizada para ciertas especies, tras pasar rigurosos controles de seguridad alimentaria. Actualmente, se permite el consumo de cuatro insectos: la langosta Locusta migratoria, el grillo doméstico (Acheta domesticus), el gusano de la harina (Tenebrio molitor) y el escarabajo Alphitobius diaperinus. Estos productos suelen presentarse en forma de harinas o snacks para facilitar su incorporación en la alimentación.
La relación del ser humano con el consumo de insectos es, según antropólogos, de larga data. Evidencias arqueológicas indican que hace más de 4.500 años, estas especies formaban parte de la dieta humana, dejando rastros en análisis de coprolitos. Esto refleja una conexión evolutiva y cultural que se ha mantenido vigente en muchas regiones, especialmente en climas tropicales que cuentan con mayor biodiversidad y tradición.
Ligia Esperanza Díaz destaca que en América Latina países como México, Colombia, Ecuador y Brasil mantienen una fuerte tradición gastronómica con insectos. En Colombia, por ejemplo, son reconocidos el mojojoy y la hormiga culona, consumidos tanto en zonas rurales como urbanas. En México, los chapulines y escamoles son considerados delicatessen que alcanzan altos valores en el mercado.
El consumo europeo, en cambio, presenta resistencias principalmente culturales. La neofobia alimentaria y la falta de tradición dificultan su aceptación, aunque generaciones jóvenes muestran mayor apertura. La investigadora sostiene que, con el tiempo, es probable que los insectos se integren más como ingredientes en productos procesados, tales como panes, barritas o galletas enriquecidas con harinas de insectos.
Desde el punto de vista nutricional, los insectos comestibles son ricos en proteínas de alta calidad, grasas saludables, micronutrientes como hierro, zinc y calcio, y vitaminas esenciales, entre ellas la B12 y la D. Además, su producción tiene un impacto ambiental favorable al requerir menos recursos hídricos y generar menores emisiones de gases de efecto invernadero en comparación con otras fuentes proteicas tradicionales.
Finalmente, el libro también aborda la perspectiva culinaria, con propuestas innovadoras que combinan tradiciones indígenas y técnicas contemporáneas para diversificar y enriquecer la oferta gastronómica en torno a estos artrópodos. Este trabajo resulta una herramienta clave para comprender y democratizar un alimento del futuro con raíces ancestrales.
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