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Hace 12 años, una capa negra impregnaba cada rincón de la sierra de Cortes de Pallás, en la provincia de Valencia. Un incendio forestal provocado por la negligencia de dos trabajadores instalando paneles solares arrasó casi 30 mil hectáreas de bosque, en lo que fue uno de los incendios forestales más afectados desde que existen registros.

Con ello se persigue un doble objetivo: recuperar la vegetación degradada o destruida y ser un escudo ante posibles incendios futuros. Limpieza y raleo para eliminar hojarasca y ramas, transformando terrazas abandonadas en zonas de pasto o centros de dispersión y recuperación de especies son algunas de las acciones que contribuyen a este método que defienden desde la organización WWF.

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La reforestación se centra en plantar nuevos árboles que cubran el área devastada. Pero representa un problema a futuro si no hay gestión forestal, ya que se genera una masa forestal susceptible de alimentar futuros incendios. Para mitigar estos efectos adversos, WWF puso en marcha un proyecto de restauración ecológica, destinado a ayudar al ecosistema dañado a mejorar su estructura y aumentar su resiliencia, en la zona afectada de Cortes de Pallás.

Comenzaron en 2021 y ya se pueden ver los primeros resultados: pequeñas zonas donde la densidad de árboles es visiblemente menor, permitiendo el desarrollo de otras especies de flora y fauna y dejando espacio para que el ganado despeje el terreno. Todo con la ayuda de pastores y empleados de la región.

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El técnico de WWF responsable del proyecto de Cortes de Pallás, David Fuentes, subraya que la clave está en recuperar la “heterogeneidad perdida”. “Después de los tres incendios ocurridos en la zona, la vegetación se mantiene uniforme, por eso es necesario recuperar el mosaico agroforestal. Con la restauración ecológica preparamos mejor el terreno para un futuro incendio, que es inevitable”, explica Fuentes. El incendio de 2012 fue mitigado posteriormente con una regeneración masiva del pino carrasco que dejó las explotaciones con una densidad de 190.000 pinos por hectárea, cuando lo recomendado, según Fuentes, debería ser de unos 600 por hectárea.

El proyecto, cuyo primer periodo finaliza en 2025, pero que se ha ampliado otros cinco años, afecta a una pequeña parte de la superficie calcinada, ya que, de momento, lo están aplicando a 75 hectáreas. Pero la idea es seguir expandiéndose. “Es imposible cubrir toda la superficie afectada, pero sólo llegar al 5% o al 10% sería útil para controlar más fácilmente futuros incendios”, afirma Fuentes.

El tratamiento de las zonas quemadas ha cambiado en las últimas décadas. De una política de reforestación, en la que la plantación masiva de árboles era el principal ingreso, se pasó a una política de restauración más holística, en la que se llevan a cabo varias acciones. Priorizar la calidad sobre la cantidad. “En los años de la posguerra, cuando aún no se había producido el gran éxodo rural y las condiciones climáticas no eran tan severas, la reforestación masiva tenía sentido, pero ahora hay que buscar otras fórmulas para cuidar el territorio como la restauración ecológica” , argumenta.

Después de un 2022 devastador, con más de 300 mil hectáreas carbonizadas, en 2023 la cifra cayó a 89 mil, según el informe. Aunque WWF advierte de que estos incendios se producen cada vez con más frecuencia fuera de temporada. “El riesgo extremo se ha expandido a épocas del año en las que antes no era común”, afirma Fuentes.

Las 40 cabras de Betés pastan unas 300 hectáreas en las montañas de Cortes de Pallás. “Si está funcionando bien, ¿por qué no hay más?”, pregunta el pastor. Lleva toda su vida dedicada a los animales y afirma que el “ganado” es la solución. «Las montañas no se van a limpiar solas», dice.

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