El Gobierno de Israel, encabezado por Benjamín Netanyahu, ha mantenido un inusual silencio respecto a las recientes tensiones y amenazas militares protagonizadas por Estados Unidos contra Irán, a pesar de que la situación incide directamente en sus intereses estratégicos. Esta actitud prudente contrasta con los habituales discursos beligerantes de Netanyahu, quien desde hace años ha considerado a la República Islámica como su principal adversario regional.
Aunque Netanyahu ha expresado en múltiples ocasiones su deseo de derrocar al régimen de los ayatolás, movido también por la necesidad de fortalecer su imagen a pocos meses de las elecciones en octubre, las autoridades militares y los servicios de inteligencia israelíes recomiendan cautela. Temen que una intervención prematura pueda resultar contraproducente, pues Irán continúa siendo capaz de lanzar ataques con misiles en represalia, lo que podría desatar un conflicto de difícil control en una región ya marcada por la violencia y los daños colaterales de anteriores intervenciones extranjeras.
Expertos como Sara Isabel Leykin, del Instituto Italiano de Estudios Políticos Internacionales, destacan que la postura expectante de Israel ha sorprendido a muchos analistas. Aunque el interés de Netanyahu en la caída del régimen iraní es evidente, hay una clara consciencia sobre los riesgos estratégicos y las posibles consecuencias negativas de una acción militar precipitada. De hecho, informes revelan que Israel notificó a Irán, a través de canales diplomáticos, que no tendría lugar un ataque antes de las recientes protestas en territorio iraní, un compromiso mutuamente respetado en esos días.
A pesar de esa aparente contención, las tensiones siguen al alza. Miembros del liderazgo iraní han emitido amenazas directas hacia Israel, advirtiendo de ataques contra Tel Aviv si EE.UU. ejecuta acciones militares contra Irán. Estas declaraciones reflejan la perspectiva iraní sobre la posible escalada y su determinación a responder de manera inmediata y contundente ante cualquier agresión, poniendo en alerta la región.
Además, Irán cuenta con diversas opciones para ejercer presión en caso de conflicto, como la posibilidad de bloquear rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, impactando el comercio global de hidrocarburos, o movilizar milicias aliadas en países vecinos como Líbano, Irak y Yemen. Estas respuestas incrementan la complejidad y gravedad del escenario, influyendo en la evaluación interna de Israel y Estados Unidos sobre la conveniencia y oportunidad de un ataque directo.
En el aspecto militar, Israel ha reforzado sus programas de defensa antimisiles, incrementando la producción de interceptores del sistema Arrow 3, que desempeñaron un papel clave durante el último enfrentamiento en junio. Sin embargo, persiste un escepticismo sobre la capacidad de una campaña aérea por sí sola para derrocar al régimen iraní, dado que se considera probable que cualquier ataque requeriría despliegue de tropas en territorio iraní, una acción que Israel y sus aliados evalúan con gran cautela.
Finalmente, la opinión pública israelí parece mostrar un interés más marcado por desafíos internos y por el aislamiento internacional que podría derivar de un nuevo conflicto. La amenaza iraní sigue siendo una preocupación latente, pero no figura como la principal amenaza existencial para el país según recientes sondajes, lo que también influye en la calculada prudencia de Netanyahu y su gobierno antes de tomar decisiones que podrían desencadenar un conflicto mayor en Oriente Próximo.
