El primer ministro de Kosovo, Albin Kurti, ha consolidado una mayoría significativa en el Parlamento tras las elecciones legislativas celebradas el pasado 28 de diciembre, en las que su partido, Vetëvendosje (Autodeterminación), obtuvo el 51,11% de los votos. Este amplio respaldo coloca a Kurti en una posición destacada para influir en la estabilidad de una región con una historia de conflictos prolongados. Sin embargo, permanece la incertidumbre acerca de cómo utilizará esta ventaja política, pues su estilo, definido por algunos como inflexible, genera opiniones divididas.
Con 50 años, Kurti combina una formación en ingeniería eléctrica con una trayectoria marcada por el activismo estudiantil y un fuerte sentimiento nacionalista y progresista. Su paso a la fama internacional se produjo en 2015, cuando, como líder de la oposición, irrumpió en el Parlamento lanzando gas lacrimógeno durante una sesión, provocando la atención médica de varios diputados. Este acto ejemplifica la tensión que ha caracterizado su carrera política, basada en la defensa férrea de sus principios, en particular contra acuerdos que, en su opinión, amenazan la soberanía de Kosovo.
Uno de los principales puntos de conflicto para Kurti ha sido la relación con la minoría serbokosovar, compuesta por aproximadamente 90.000 personas tras la declaración unilateral de independencia de Kosovo en 2008. Mientras su Gobierno rechaza otorgar mayor autonomía a los municipios de mayoría serbia, como se planteó en un acuerdo de 2013 respaldado por la Unión Europea, esta postura ha alimentado tensiones internas y choques con socios internacionales, que presionan para avanzar en la normalización de relaciones con Serbia.
El primer ministro ha experienciado una trayectoria oscilante en el poder. Después de asumir el cargo en 2020, su Ejecutivo fue destituido meses más tarde mediante una moción de censura, y aunque volvió a gobernar entre 2021 y 2025, no logró consolidar una coalición estable tras las elecciones de febrero, lo que generó un estancamiento legislativo que culminó con los comicios anticipados de diciembre. Ahora, con una mayoría sólida, Kurti tiene la capacidad de liderar sin necesidad de alianzas, si bien para reformas constitucionales y acuerdos internacionales requerirá la colaboración de otras fuerzas políticas.
El contexto externo añade complejidad al mandato de Kurti. Bruselas ha mantenido congelados fondos al considerar insuficientes las concesiones hacia la minoría serbokosovar, condicionando la liberación de aproximadamente 900 millones de euros previstos en el Plan de Crecimiento de la Unión Europea. El desbloqueo parcial reciente implica que el desempeño de Kurti en la negociación con Serbia seguirá siendo crucial para la estabilidad financiera y política del país.
A nivel interno, uno de los retos prioritarios para el Gobierno de Kurti es controlar la inflación, que cerró el año pasado en un 5,3%. Por otra parte, la relación con Serbia sigue siendo un escollo significativo en el proceso de integración de Kosovo y Belgrado a la Unión Europea. Las posturas rígidas de ambas partes sobre el reconocimiento del Estado kosovar y la autonomía de las comunidades serbias mantienen el conflicto sin resolver.
Expertos y analistas difieren en la interpretación del perfil político de Kurti. Mientras algunos lo califican de radical inflexible, otros lo ven como un referente de coherencia y soberanismo, destacando su lucha contra la corrupción y sus políticas de reactivación económica y social, orientadas especialmente hacia la inclusión de mujeres y jóvenes. Esta visión defiende que Kurti representa un liderazgo distinto en los Balcanes, marcado por la defensa firme de la identidad nacional y el progreso social.
Finalmente, la Unión Europea, a través de las declaraciones de sus representantes, ha felicitado a Kurti por su victoria, pero ha reiterado la necesidad de avanzar en la normalización de las relaciones con Serbia como condición indispensable para la integración en el bloque comunitario. El futuro político de Kosovo, y en particular el legado de Kurti, dependerán de la habilidad del dirigente para equilibrar la firmeza en sus convicciones con la disposición a alcanzar acuerdos que permitan estabilidad y desarrollo en la región.
